Las palabras, armas letales

Los medios de comunicación constituyen una herramienta educativa potente, o así debiera ser, y contribuyen a la formación del imaginario colectivo de la sociedad.  Lo cual ha de llevar a pensar en el lenguaje, esa herramienta básica de comunicación que tanto se banaliza a veces, pero que tan esencial resulta para todo. Se trata de la herramienta de trabajo de los periodistas. Y es que el medio para comunicar es la palabra, ya sea escrita u oral. Ahora bien, el medio para comunicar correctamente es la palabra empleada con adecuación, las expresiones usadas en el contexto apropiado. 

El lenguaje es un arma tan letal como imprescindible. Pues el total y correcto dominio de un lenguaje resulta indispesable, algo de lo que rinde cuenta una de las entradas  del blog Conociendo Mundo, de Cristina Reyes. 

Las palabras, bien empleadas, enriquecen a quienes las reciben, en cambio, un incorrecto uso de las mismas y de las reglas que rigen una lengua sólo puede contribuir al caos.  Así por ejemplo, en multitud de casos, los periodistas emplean, consciente o inconscientemente, expresiones que sólo contribuyen a fomentar estereotipos y prejuicios, que hacen un flaco favor a la sociedad en su conjunto y, sobre todo, a determinados sectores minoritarios y/o especialmente vulnerables de la misma.  Sectores como el femenino en el propio mundo del periodismo.  Y es que diversos medios, a través de sus publicaciones, a veces lo único que consiguen es seguir alimentando estereotipos negativos que pueden considerarse, incluso, una lacra social. Pues, el hecho de que ABC publique una información bajo el título Las diez ciudades con las mujeres más guapas del mundo, puede ser un ejemplo con  el que ilustrar este tipo de informaciones que son, cuanto menos, innecesarias. Otra muestra de este tipo de publicaciones se observa en La Vanguardia, bajo el título, Las “swofty”, mujeres deseadas con más de 50 años. Son sólo algunas muestras del modo en el que los medios, que tanto poder tienen en la sociedad, alimentan ciertas imágenes estereotipadas que acaban siendo la idea que la sociedad tiene de la realidad que le rodea. 

Estereotipos que únicamente consiguen que  buena parte de la sociedad, aún hoy, siga viéndose influenciada y desarrolle comportamientos que, si bien han avanzado con respecto a 20 años atrás, pueden considerarse retrógrados en los tiempos que corren.  Algo que se demuestra en los siguientes ejemplos, en los que, tres personas de distinta edad y sexo manifiestan, ante determinadas situaciones que se les plantean, comportamientos, si bien distintos, siempre con matices que llevan a pensar que los estereotipos siguen vivos. Esos estereotipos que conforman a una sociedad prejuiciosa. 

A continuación se puede ver cómo reacciona Francisco Gaitán, joven de 22 años de edad, ante dos situaciones planteadas.

Otra de las personas a las que se les planteó las mismas situaciones presentadas a Francisco, es Noelia Romero, una mujer de 30 años, actualmente embarazada y con un hijo de 6 años. 

Y la última persona a la que se le plantearon las situaciones es una chica adolescente de 15 años, las cuales se recogen en los siguientes archivos de audio. 

Se trata de una escasa muestra, pero se observa que, aunque sea mínimamente muchas personas pueden seguir influenciadas por situaciones arquetípicas. Es por ello por lo que, entre otras muchas cuestiones, los profesionales del periodismo deben extremar el cuidado de su herramienta de trabajo, el lenguaje. 

Tal y como expresa el libro de estilo de El País, “el periodista ha de extremar el cuidado del lenguaje en el tratamiento de asuntos que generan especial sensibilidad en el conjunto de la sociedad”. Y no sólo el lenguaje, sino el tratamiento que en general se hace de aquellas informaciones que pueden continuar contribuyendo a difundir el estigma de desigualdad que todavía sigue pesando en la sociedad actual. 

Y es que las palabras pueden ser armas de doble filo….

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… o no si con ellas se intenta romper con esas imágenes que se tienen interiorizadas y que tan naturales resultan. 

Los medios de comunicación, como es bien sabido, son agentes básicos para la educación de la ciudadanía y para el sustento de la democracia. Lo lógico es pensar que los profesionales que trabajan en los mismos son precisamente eso, profesionales. Y por tal condición, se entiende que conocen a la perfección cuál es su función social, ya que es a la sociedad a la que deben servir.

Los periodistas, insertos dentro de un sistema marcado por el medio en el que trabajan, deben tener muy presente, no sólo la ley, que les sanciona en caso de cometer errores sustanciales, sino también, y muy especialmente, los códigos deontológicos.

La ética profesional complementa al derecho, no lo sustituye; no obstante el profesional del periodismo, se mueve en tres niveles de responsabilidad – personal, profesional y jurídico- que pueden ser expresados a través de una serie de principios éticos.  Principios que se plasman en un conjunto de documentos que dotan al medio de una dimensión ética y social que lo hacen más próximo al público. Sin embargo, ¿es esto un mero lavado de cara del deber de informar de manera veraz y honesta? Pues, aunque suene reiterativo, es importante tener presente la función social que los media desempeñan. Y es que lo que manejan no puede, o más bien no debe, ser tratado como mera mercancía, puesto que se trata de información. Un bien intelectual que pertenece a los ciudadanos a los que se deben  y no a los propios periodistas que lo manipulan ni al medio que les marca las reglas para hacerlo.

Los medios de comunicación y la profesión en su conjunto han de dotarse de esos documentos deontológicos, que habrían de tener más que el simple carácter recomendatorio que poseen, en los que expresan  su compromiso con la sociedad a la que sirven y con los que se obligan a cumplir con unas pautas deontológicas que, supuestamente, garantizan la calidad informativa.  Constituyen un “sello de calidad” ética que será lo que distinga al periodista profesional de aquellos que sólo trabajan desde su perspectiva subjetiva y sin concederle prioridad a los deberes profesionales. 

Los periodistas deberían, pues, ponerse totalmente al servicio del derecho a la información de los ciudadanos. Ese derecho a la información que más valdría denominar como derecho a una información de calidad. Sin olvidar tampoco, por supuesto, que otra de las funciones esenciales del periodismo estriba en el control social de los poderes públicos, en la medida en que deben vigilar que exista en los mismos eso que llaman transparencia informativa y que actualmente sólo resulta un mero concepto. 

Se habla del derecho a una información de calidad de los ciudadanos, del deber de los periodistas por ofrecerla mediante un desempeño diligente de su profesión. No se olvida nunca tampoco mencionar los principios de justicia, responsabilidad social e independencia que han de regir la labor de todo comunicador. Siempre se habla de ello, sí; pero siempre se hace como lo que parecen ser “simples” principios, pura teoría, burocracia. Normas que los periodistas deben tener en cuenta y, claro está que las tienen, pero en muchas ocasiones para burlarlas de las formas más originales y sutiles. Como suele decirse, “sin pillarse los dedos”.

Claro que, cada vez que se habla de principios, los periodistas, tanto los que llevan a cabo su labor con diligencia como los que no,  olvidan que es a través de los “pequeños detalles” como la mayoría de las veces se incurre en una mala praxis periodística. Esos “pequeños detalles” que tanto pesan si de medios de comunicación se trata. Pues no se tiene en cuenta, la mayoría de las veces, que los medios son la vía por la que la población conoce y ve la realidad del mundo que le rodea. Que son ellos los que han marcado siempre la pauta de lo que se habla, piensa y actúa y que, hasta los ciudadanos más cultos y críticos, se hallan influenciados, de un modo u otro, por lo que los medios muestran. Y no sólo los medios, sino todas aquellas formas de comunicación periodística, y no tan periodísticas, existentes.  

 

Cristina Reyes

¿Un anuncio de perfumes? ¿Alguna marca de cosméticos?

Cristina Reyes

Los estereotipos sociales son generalizaciones sobre personas e instituciones que se derivan de su pertenencia en determinados grupos o categorías sociales. Pertenecen al imaginario colectivo y se nos presentan como la pura realidad objetiva e incuestionable, ya que están vinculados a la estructura social y obviamente transcienden  a la sociedad. 

Cristina Reyes

¿Una modelo? ¿Chica diez?

Cristina Reyes

Tradicionalmente, los protagonistas en los medios de comunicación han sido los hombres. De lo cual se desprende un discurso androcéntrico  inconsciente que cala en la sociedad; y que propicia la formación de estereotipos, que se complementa con la escasa aparición de la mujer en los medios de comunicación. Y ya no escasa, sino aparición estigmatizada, llena de prejuicios, que se transmite con el simple uso de adjetivos inadecuados, impropios, al menos en el siglo en el que se vive.  A modo de ejemplo, cabe decir que los hombres, en muchos  casos, son calificados como eficaces, valientes, activos, razonables, juiciosos, inteligentes, tenaces, seguros… En tanto que a la mujer se le premia su afectividad, ternura, capacidad intuitiva y su belleza, además de destacar demasiado un victimismo exagerado del que únicamente pueden desprenderse  valores como la debilidad, el temor o la sumisión. No se trata de una regla dogmática, pues se sabe que no siempre es así, pero es cierto que aún existen arcaicos arquetipos que han condicionado y condicionan la progresión de la mujer  en la sociedad. Es muy cierto que la mayoría de los hombres hoy son conscientes y consecuentes con el reparto de las tareas del hogar y con  el nuevo rol de la mujer trabajadora, que no hace tanto que existe si nos centramos en la perspectiva histórica del paso del tiempo. No obstante, para los medios, el género masculino no ha evolucionado demasiado y la mujer sigue siendo sumisa y víctima de una sociedad patriarcal. 

Cristina Reyes.

Pues sí es una chica diez: inteligente, trabajadora, magnífica periodista… Y bueno sí, además muy guapa, sociable y bien vestida, momentos antes de realizar una entrevista, tras la cual asistirá a una fiesta.  Porque además de buena profesional es persona y tiene vida. 

 ¿Por qué no comienzan los propios periodistas a emplear con diligencia y conocimiento de causa el gran privilegio de tener el poder de la información?  Es fundamental que los medios dejen de considerar que su posición de poder es una posición de ventaja, de empoderamiento, con respecto a los ciudadanos para únicamente otorgarse a sí mismos beneficios particulares. 

Fuentes:

Textos propios, usando los siguientes documentos online:

Fotos propias subidas a mi galería de wordpress y otras subidas a mi cuenta de Flickr, fotos entre las que figuran las futuras periodistas Cristina Reyes, Clara Rodríguez y Beatriz Solís.

Vídeos propios subidos a mi canal de You Tube:

Usuario: María Vélez Romero

Audio propio subido a dropbox.

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